Me alegré mucho de no haber visto finalmente al ex-presidente del gobierno, cuya formación es la de inspector de hacienda, en la cumbre de la pseudociencia que ampara la industria del petróleo y del automóvil. La verdad es que ése no era su sitio, rodeado de personas carentes de rigor, hablando de algo que no terminan de comprender, como los estultos "amos del universo" que describió magistralmente Tom Wolfe en "La hoguera de las vanidades". Es digno de mención el hecho es que los ejecutivos de estos negocios ni siquiera parecen muy duchos en gestionar sus propios asuntos, supuestamente para lo que han estudiado, y por lo que cobran primas millonarias procedentes en algunos casos de fondos públicos, y ahora van y por interés se meten a pseudocientíficos. En lugar de destinar sus recursos a mantener los puestos de trabajo de sus empresas, van por ahí auspiciando cumbres de charlatanes. Nunca aportan datos originales, sino refritos de estudios a los que manipulan las gráficas y aderezan con comentarios de lo más estúpido que se ha visto... Los pseudoestudios son presentados a bombo y platillo por grupos de presión contratados por la industria, que se disfrazan de institutos de investigación, con nombres rimbombantes. Salen a la luz en blogs, en rueda de prensa, o en periódicos generales adeptos a esta ideología. Nunca publican nada en revistas serias porque la calidad de los panfletos es horrorosa. Ahora han organizado en Nueva York un congreso internacional para ver quién ha manipulado más durante el año. Es difícil que la imagen corporativa de sus empresas vaya a mejorar con esto.
No parece sensata esa estrategia de imagen corporativa basada en promover la ignorancia, la pseudociencia y el acoso a científicos serios que se juegan la vida en la Antártida, mientras otros manipulan gráficas por encargo desde su salón de Londres. Allá ellos, enemistarse con la ciencia nunca fue una táctica empresarial exitosa. Una nueva alianza entre ciencia y empresas solventes parece una idea mejor. Porque aunque vivamos en el siglo de la desinformación, no pueden silenciar datos sólidos. Si no pudieron con Miguel Servet al que quemaron, menos podrán ahora los enemigos de la ciencia.
La era del escepticismo honesto acabó en los años 70, ahora estamos en la era de la negación. Miles de millones de dólares tirados a la basura en un pseudocongreso sobre la negación del cambio climático mientras los trabajadores de las empresas implicadas van a la calle. Nunca he visto tanta estulticia.
Sin embargo, recordemos que este inspector de hacienda, ex-presidente y climatólogo escéptico en sus ratos libres, había defendido con vehemencia que el cambio climático era "científicamente cuestionable". Cualquiera se preguntaría qué sabe un inspector de hacienda de este tema, hasta el punto de encontrar fisuras en el conocimiento. El hombre no hizo más que politizar torpemente una cuestión académica, con impliaciones ideológicas que a él no le gustaban. Como fue notorio, el no tenía ni idea sobre el tema, ni le importaba, cuando pronunció aquello de que no tiene sentido tratar de resolver un problema que "quizá tengan nuestros tataranietos". En otras palabras, el núclo del debate no le interesa porque de todas formas ya ha decidido que tienen que arrear otros. Y este señor se considera a sí mismo un político responsable. ¡Olvidadlos!, es la respuesta del inspector de hacienda que quiso meterse a científico. Olvidadlos, sí, recogerán los libros de historia: aquella vieja cháchara de siempre que suplantará con eficacia el interés de muchos por el de unos pocos. Para mí se trató de uno de los discursos más abyectos de la historia reciente de España. Por haber olvidado en mitad del amasijo de intereses, los principios rectores de la justicia, de la mesura y de la inteligencia, sus palabras llenarán un nuevo capítulo de la historia de la estupidez humana.
Pronto seré padre y no me gustaría que mi hijo jugase en un mundo Aznariano, es decir, un estercolero lleno de bonitos paisajes dominados por bolsas de plástico, resto de comida y otros residuos urbanos.
ResponderSuprimirDefender nuestro cubículo para que las siguientes generaciones vivan cuando menos en una tierra como la que hemos conocido nosotros. Y en la que hay tantas cosas por cambiar...
Dejemos a los ex-gobernantes sin criterio olvidados en el fondo lacustre de donde nunca tuvieron que haber salido.